jueves, 21 de junio de 2018

Lírida

La cabeza le daba vueltas. Despertar bajo el hastío del calor en el interior de la tienda en la que dormía con sus padres y sus dos esclavos, ya había sido suficiente tortura. Que sintiese la cabeza abotargada, pesada y bajo la tensión de un dolor tenaz, pasó a parecerle una tortura. Había bebido demasiado vino en la ceremonia del día anterior, mucho más del que solía beber. Había decidido deleitarse con el sabor de las uvas de otras tierras, sobretodo porque durante la noche, la bebida fue si única distracción. Por ello, aquella mañana, se sentía enormemente arrepentida.
-¡Buenos días! ¿Listos para acudir al primer día de los Divinos Juegos?- Eonidas se mostraba pletórico. Si bien Lírida juraría que bebió tres veces más que ella, su padre mostraba un ánimo totalmente renovado y exento de dolor.
-Baja la voz- gruñó la chica mientras peinaba sus cabellos con las manos, liberándolos de todo recogido. Sentía que si los recogía, el cuero cabelludo se le tensaba, lo que provocaba más dolor aún.
-¿Vas a ir así? ¿Qué van a decir de ti?- Idice se llevó las manos a las caderas al contemplar los ondulados cabellos de su hija caer con descontrol sobre sus hombros, como si se tratase de una cascada rebelde de todos castaños y oscuros.
-¿Qué problema hay?- Lírida decidió no mirar a su madre. Aquella mañana no estaba preparada para recibir sermones.
-Nadie va a fijarse en ti-
-¿Y quien quieres que se fije en mi? ¿Un candidato?-
-Sería todo un honor que contrajeras nupcias con el ganador, por supuesto-
-Eso en el caso de que él, o algún participante, sigan en soltería, claro está-refunfuñó la chica. Desobedeciendo a su madre, decidió dejar sus cabellos estar y, tras recolocarse la túnica roja sobre un hombro, dejando el otro al descubierto, se encaminó ella sola en la dirección en la que todos los visitantes marchaban: al estadio.

Dar con un asiento cercano al terreno de juegos fue algo sumamente imposible. Los visitantes debían haberse despertado muy temprano aquel día para encontrar asiento, o sencillamente, sus privilegiados estatus los llevaron a tener ventaja sobre los demás. Lírida y sus padres se sentaron en uno de los asientos situados en la zona alta de las gradas circulares de piedra que rodeaban todo el recinto. La chica se sentó de mala gana, con los brazos y las piernas cruzadas.
-¿Se puede saber qué te ocurre ahora?-
-Odio que Teseo tenga que quedarse fuera. Él quería estar aquí- Idice puso los ojos en blanco y decidió no seguir más el imposible juego de su hija.
-Hija...- Eonidas extendió su mano hasta coger la de la chica -Al menos, procura disfrutar. Guarda en tu memoria lo que veas para después contárselo a ese chico ¿De acuerdo?- Sin darle tiempo a la chica a contestar, el público se puso en pie, vitoreando y aplaudiendo como si presenciasen la llegada de un auténtico Dios. Sin embargo, no era un Dios a quien contemplaban, sino la entrada de todos los participantes de los Juegos que competirían durante varios días en distintas modalidades. Entre aplausos, la chica los contempló uno por uno: Altos, fuertes e insultantemente atractivos. Todos desnudos, mostrando zonas corporales que para algunos debiesen ser íntimas, y bañados en una especie de aceite de oliva que los hacía brillas bajos los impasibles rayos del sol. Lírida no pudo evitar mirarles de arriba abajo y estudiarles con curiosidad. Admitía para sus adentros que les gustaban y que incluso podría llegar a  fantasear con ellos en alguna situación bien distinta a aquella, pero, era incapaz de ver la belleza completa en aquellos hombres. La belleza física era indiscutible, sin embargo, ¿Donde quedaba la belleza de la mente?

Los Juegos dieron comienzo poco después de aquel primer recibimiento. La primera categoría, la cual se encargó de iniciar la competición de forma oficial, fue el lanzamiento de disco. Uno por uno, los distintos candidatos de las polis fueron realizando sus lanzamientos. En contraposición a los rostros boquiabiertos y asombrados del público, Lírida se mostraba totalmente aburrida. No imaginaba que aquella categoría pudiera llegar a ser tan aburrida. Seguidamente, tras nombrar al primer vencedor del día, que pertenecía a Serta, dio comienzo la prueba de jabalina. A Lírida se le encogió el corazón, consciente de que aquella categoría era la preferida de Teseo.
-Cuando estén proclamados todos los ganadores, habrá una ceremonia de entrega de premios en el templo y...- La chica no llegó a oir a su padre relatar sus conocimientos. Se giró sobre el sitio para comprobar si era capaz de ver a Teseo, subido sobre algún pilar, contemplando los Juegos. Por desgracia, el gentío y el alboroto era tan notable que no pudo divisar nada. Con tristeza, volvió a su posición original y dejó caer su cabeza sobre sus dos manos, cuyos brazos se apoyaban sobre sus rodillas. Definitivamente, los Juegos no estaban mostrando nada interesante para ella.


Teseo

-Me lo he perdido- Teseo mostraba un rostro de profundo desasosiego aunque quisiese remediarlo. No quería estropear la experiencia ni a Lírida ni a sus amos, de manera que decidió callar mientras todos tomaban un almuerzo ligero en el interior de la tienda, una vez finalizada la primera mitad de la jornada del primer día. El esclavo intentó observar por todos los medios las pruebas que se realizaron durante la mañana sin éxito alguno. Eran tantos los esclavos que habían quedado fuera del estadio, que los terrenos colindantes al mismo se habían convertido en una competición añadida y externa en la que todos los sirvientes procuraban subir a los pilares que rodeaban el estadio, a fin de tener las mejores vistas de los Juegos. Teseo no consiguió subir a ninguno después de ser empujado y excluido por todos sus iguales. -¿Puedo saber quien ganó?-
-Los arisos, por supuesto- comentó Eonidas justo al terminar de comer.
-Justo como esperaba- sonrió el chico.
-¿No apoyas al representante de tu propia polis?- Idice alzó una ceja
-No, no. En absoluto. El representante de Eteria tiene todo mi apoyo y admiración. Simplemente es sabido que los arisos son duros competidores y constantes ganadores de los Divinos Juegos-
-Deja que Teseo tenga admiración por quien quiera, madre- bufó Lírida poniendose en pie y saliendo de la tienda, evitando escuchar la respuesta que su madre tuviese que dar.
-¿Has oído a tu hija?- preguntó la Dama de Bronce con incredulidad.
-Admite que tienes una hija original- dijo Eonidas, intentando quitar hierro al asunto y poniendose también en pie. La segunda parte de los juegos empezaría muy pronto y se prolongaría hasta el atardecer.
-¿Original? Poco me extraña que de aquí a un ciclo empiece a decir que no cree en los Dioses- gruñó la mujer. Eonidas y Teseo se miraron al instante con cierta intención en la mirada. Si bien Idice no se había fijado, ambos hombres habían compartido un segundo de conexión en el que se entendieron. Y es que ninguno de los dos pensaba que esa posibilidad fuese algo descabellado para una mujer como Lírida.

Teseo volvió  a separarse de sus amos y, aquella tarde, decidió ni tan siquiera intentar subirse a un pilar. Decidió echarse sobre la hierva, a la sombra de un enorme olivo puntiagudo. Nadie parecía prestarle atención y Athena se había quedado custodiando la tienda, de modo que incluso se permitió echarse una ligera cabezada.

Al despertar, la tarde ya había profundizado en el tiempo y el cielo se mostraba de un color anaranjado, como el de un melocotón maduro. Teseo se sintió mal y preocupado. Había dormido demasiado ¿Y si sus amos le habían buscado? ¿Y si se le requería para algo? Por otro lado, había estado tan cansado tras ciclos y ciclos de trabajo, que aquella siesta le había sentado de maravilla. Tras ponerse en pie, decidió volver a acercarse a los pilares de los que aún colgaban esclavos que jaleaban y vitoreaban a los participantes desde su humilde y complicada posición. El chico los miró con envidia, para cruzarse de brazos y decidirse a esperar.
-¿No te gustan los Juegos?- Teseo se giró para identificar al hombre que le hablaba, descubriendo que se trataba del esclavo de la noche anterior.
-¿Qué quieres?- 
- Nada ¿Qué puede querer un hombre que no es libre?- Teseo decidió no responder a aquella pregunta tan obvia. Agachó la mirada con tristeza -Voy a intentar subir a un pilar-
-Yo lo he intentando, pero no me lo han permitido-
-Pues yo lo voy a hacer. El patrocinado de mi amo compite en la categoría de lucha- El chico abrió los ojos de forma rápida. ¿Iba a conseguirlo? Desde luego, su cuerpo ancho y fornido le ayudarían. -¿Quieres subir?-
-S...Sí, claro que sí- Al afirmarlo, el esclavo se aventuró a paso ligero y decidido hasta una de las columnas. Empezó a subir de forma descarada, sujetándose con habilidad a las piedras y rocas que sobresalían y que le permitían mayor sujeción. En vez de seguir subiendo, le ofreció su mano a Teseo, para después tirar de él y ayudarle a colocarse a su altura. Seguidamente, el esclavo comenzó a sortear cuerpos y hacerse un hueco en la zona más alta del pilar, hasta la que Teseo consiguió llegar con enorme dificultad. Algunos esclavos se quejaron, y otros, simplemente siguieron en su sitio y dejaron hueco, absortos en la competición. -Vaya...-
-¿Tu primera vez en los Divinos Juegos?- 
-Sí. Es la primera vez que invitan a mi amo. Es astrónomo y un buen político-
-¿Amo? ¿Es el esposo de la mujer a la que importuné ayer?-
-No, es su padre-
-¿Y llamas ama a la hija emancipada de tu amo ?-
-Ella no está emancipada. No tiene esposo- afirmó. El esclavo frunció el ceño y después pestañeó. -Me llamo Teseo- añadió el chico, ligeramente avergonzado por razones que escapaban a su entendimiento.
-Ares- El chico se vio sorprendido por el nombre de su igual, dado que se trataba de un nombre importante y morboso para alguien de tan bajo estatus social. Estaba seguro de que muchos, durante su vida, habrían encontrado indecoroso que un esclavo portase tal nombre, pero decidió no revelar ninguno de estos pensamientos. -Mira, ya empieza-


Lírida

-...y perdió el patrocinado- explicó Teseo a la chica mientras ambos daban una vuelta por el lugar. El primer día de Divinos Juegos había finalizado y todos los invitados se encontraban festejando el acontecimiento de forma más tímida que la noche anterior y desde sus respectivas tiendas. Lírida encontró que era buen momento para pasear bajo las estrellas por aquella ciudad tan importante, sobretodo ahora que los terrenos que colindaban el estadio estaban desprovistos de visitantes.
-Es una lástima. Volvió a ganar un ariso-
-Ese esclavo, Ares, pareció bastante decepcionado cuando el ariso ganó. Bajó del pilar y desapareció, de manera que tuve que bajar yo solo y con mucha dificultad- Lírida rió solo de imaginar sus piernas delgadas y huesudas deslizarse con dificultad pilar abajo.
-Me alegro de que al menos encontrases la forma de ver la competición. Espero que mañana vuelvas a conseguirlo. Te prometo que si me encuentro igual de aburrida que hoy iré a buscarte y yo también me subiré a un pilar-
-Bromeas-
-Te lo prometo. Estar sentada tantas horas junto a la Dama de Bronce es una divina tortura. Además, se ha pasado todos los descansos codeándose con hombres de cabezas canas y señalando hacia mi. Esta desesperada-
-Es ligeramente comprensible-
-Pues yo no lo comprendo, Teseo. No quiero. No quiero que esta sociedad me diga con quien tengo que casarme y cuando. Igual que no quiero que la sociedad te diga lo que tienes que hacer. Nos las damos de avanzados, grandes filósofos y pensadores, y sin embargo, siento que tenemos una forma de ser muy atrasada. No quiero que el futuro sea así. No quiero que nuestro futuro sea así.- gruñó -Si algún día concibo una hija con algún hombre, te juro que...- el silencio se hizo sepulcral entre ambos cuando un enorme alarido de dolor llegó hasta sus oídos. Esclavo y mujer se miraron sin comprender hasta que volvieron a escuchar otro similar, esta vez más similar a un grito de horror. -¿Que pasa?-
-Lírida, vámonos-
-No, a alguien le está pasando algo- Los pies de la chica caminaron raudos sobre la hierva. Cada vez oía más de cerca aquellos gemidos, ahora acompañados de un sonido corto y agudo. Lírida caminó junto a las columnas, rodeando toda la zona exterior del estadio hasta que finalmente, encontró la fuente de aquellos ruidos.

El esclavo de la noche anterior, Ares, se encontraba de rodillas en el suelo mientras que un hombre de baja estatura y brazos delgados se afanaba en hacerle sufrir a base de latigazos rápidos y certeros. Tenía la espalda llena de sangre proveniente de profundas heridas de piel abierta. -¿Qué esta haciendo ese hombre?-
-Lírida, vámonos. Esto no es asunto nuestro. Ha debido hacer algo mal y está recibiendo su castigo. Marchémonos, por favor - dijo Teseo sujetándola de la muñeca. había estado persiguiéndola todo el tiempo y empezaba a adivinar las acciones que su ama tenía en mente. Por un momento, la chica estuvo a punto de hacer caso al chico. Sin embargo, la brutalidad de aquellos latigazos se acrecentó. El amo que castigaba tan severamente al esclavo parecía obnubilado en aquella actividad. Sus continuos golpes se aceleraban conforme su respiración se agitaba y su sonrisa se ampliaba. Estaba gozando de aquella situación, de manera que los latigazos dejaron de producirse en la espalda y uno de ellos alcanzó al esclavo en plena frente, haciendo que éste gritase y cayese al suelo incapaz de soportar el dolor.
-¡Detente!- gritó la chica tras deshacerse del agarre de Teseo y encaminarse hacia el amor -¡Basta ya!- con decisión, la chica agarró el brazo del hombre y le detuvo. Estaba tan cegado por el gozo que a penas se dio cuenta de su presencia hasta que la chica se interpuso -¡Dudo que haya cometido un error tan grave como para recibir este castigo! ¡¿A caso eres un sádico?!- Lírida se arrodilló rápidamente en el suelo y ayudó al esclavo a sentarse. -Eh, eh. ¿Estás bien?- quiso saber, al tiempo que tomaba su rostro entre sus manos y comprobaba que mantenía la visión firme sobre ella, en vez de perdida. Echó mano de su cinto, sobre el que colgaba una pequeña bolsa de la que sacó un pañuelo con el que empezó a limpiar la herida con leves toques sin dejar de sujetarle el rostro -Ya está, sostén el pañuelo sobre la herida- ella misma colocó la mano del hombre sobre el pañuelo y le dejó estar. Con rostro rabioso, volvió a ponerse en pie para encarar al hombre.
-¿Y tú quien eres, mujer?-
-¿Qué importa? No estaría aquí de no ser por la brutalidad de tus acciones. ¿Por qué tratas así a tu esclavo?-
-¡Porque es mi esclavo! ¡¿Acaso no tengo derecho a hacer lo que me plazca con él?!-
-Una persona como tú no debiese tener derechos- pronunció la chica con dureza. Por un segundo, aquel amo la miró con ojos húmedos de rabia y humillación. Después, su puño fue directo al rostro de la chica, contra el que estalló hasta hacerla caer al suelo.
-¡Ama!- la voz de Teseo sonó lejana en los oídos de la chica, a quien la boca empezó a saberle a sangre y cuya cabeza empezó a dar vueltas. Se llevó una mano a la mejilla para intentar después ponerse en pie... ¿Con qué derecho le había puesto una mano encima?




Eonidas

 Llegar a Agameron fue un poco más cansado de lo que la familia esperaba, pero al menos Eonidas se contentaba con que había sido mayormente entretenido para su hija, ya que temía mayormente por ella. Sabía que Lírida no era precisamente el tipo de persona que degustaba el ejercicio físico, ni admiraba la fuerza bruta. Ella se divertiría y disfrutaría enormemente en los salones de la biblioteca de Orenaika allá en Amenthis. Esperaba que algún día ella pudiese ir, a poder ser, con un buen esposo con el que convivir -Ya estamos aquí- dijo por fin con un suspiro orgulloso -¡Agameron! Donde se celebran los Divinos Juegos- su esposa, hija y esclavo observaron con total deleite la imagen que se pintaba ante ellos: un inmenso edificio tan blanco como el más puro marfil se alzaba en la distancia constituido principalmente de un sin fin de pilares en forma circular que conformaban un inabarcable estadio donde se encontrarían gentes de distintos lugares -En unos momentos estaremos preparados-
-¿Y dónde nos alojaremos?- preguntó Idice 
-Habrá tiendas, no te preocupes- asintió el cabeza de familia -Todo está ideado-
-Espero que no sea demasiado aburrido- Lírida torció el gesto, reflexiva
-Tómatelo como un nuevo campo de conocimiento. Aunque no lo practiques y no te caiga demasiado bien la gente que sólo piensa en el trabajo físico, siempre está bien tener nociones de todo. Puedes estudiar, por ejemplo, el límite del cuerpo humano o hasta qué punto puede evolucionar- le sonrió su padre
-Mmm... Supongo que tienes razón en eso-
-¿Qué hay de mí?- preguntó entonces Teseo
-Los esclavos no podéis entrar a ver los juegos, por lo que cuando estemos en plena celebración de las actividades permanecerás fuera, en la tienda o haciendo cualquier tarea para la que se te requiera-
-Sí, kyrios. Comprendido- asintió conforme el joven
-¿Por qué no pueden entrar los esclavos?-
-Lírida...- masculló Teseo
-Porque son esclavos- concluyó Idice con cierta mala gana
-¿Y por ello no pueden entrar? ¿Y si algún amo necesita algo de ellos?-
-Se les mandará llamar, hija, pero no pueden estar con nosotros viendo los juegos- apuntó Eonidas
-Entonces casi hubiese sido mejor dejar a Teseo en casa, estaría mejor que aquí, en un lugar desconocido, solo- gruñó Lírida
-Creo que va siendo hora, muchacha, de que dejes de pensar tanto en Teseo como tu amigo- Idice la miró con fuego en la mirada
-Idice, no ahora- la mujer desobedeció a su esposo
-En algún momento habría que habérselo aclarado, Eonidas. Quizá entonces ya estaría casada de ser así- volvió a mirar a su hija -Ten esto claro, niña. Los esclavos son esclavos. No tienen los derechos que nosotros tenemos. No significa claro está que haya que tratarles mal o como a animales rastreros, pero no son nuestros iguales. Tu amistad con Teseo sobrepasa de sobra el límite que separa a un amo de un esclavo y eres la comidilla de Eteria. La única que con 24 primaveras sigue sin un marido, siempre mirando las estrellas como tu padre, a diferencia de que lo haces sola y con la única compañía de tu esclavo como único acompañante masculino, con quien hablas y ríes a todas horas- terminó de decir la mujer, con una más que notoria molestia y un ferviente deseo de liberar sus pensamientos -No es nada personal contra ti, Teseo. Eres un buen chico, obediente y servicial. Pocos son como tú, y por ello consideramos que te tratamos muchísimo mejor de lo que se trata al resto, pero es más que evidente que la relación que Lírida y tú mantenéis sobrepasa notoriamente las fronteras de una comunicación ama-esclavo-
-Lo entiendo, señora- bajó la cabeza Teseo
-No voy a obligaros a estar separados- añadió Idice -Pero espero ver un comportamiento mucho más digno a partir de ahora- dicho eso, Lírida miró a su padre que mantuvo un total y completo silencio hasta que bajaron del carro una vez estuvieron frente al grandísimo estadio de Agameron.

Teseo

El día transcurrió con normalidad. Eonidas e Idice fueron recibidos por ese hombre al que más de una vez habían recibido como invitado en el hogar, un tipo llamado Orkos. Les explicó a la familia en general el cómo y el cuando comenzarían los Divinos Juegos, dónde se encontraban los participantes y las zonas de entrenamiento por si tenían a bien ir a echar un vistazo y dónde se encontraba la tienda en la que la familia dormiría, la cual era bastante amplia. Teseo, pese a ser esclavo, no tardó en deducir que era una tienda de campaña utilizada en las batallas donde los grandes capitanes se guarecían de la destrucción. Casi se podía imaginar rodeado de fuertes y poderosos soldados cincelados por las manos de los más hábiles escultores mientras él planificaba un ataque sobre un plano extendido en una larga mesa -¿...bien?- la voz de Lírida le sacó de su ensimismamiento. Llevaba todo el día callado y ausente. Ya estaba cayendo la tarde y el lugar se llenaba de gente de distintas regiones. En poco menos que unas horas comenzarían las celebraciones y ritos a Zeus para conmemorar y dar comienzo a los Divinos Juegos bajo su bendición
-¿Eh, qué?-
-Que si estás bien- indagó la chica, dando un sorbo de vino de un caliz de plata
-Ah, oh, sí. Todo bien-
-No me mientas ¿Es por lo que ha dicho mi madre?- indagó la joven
-No... Osea, sí. Quiero decir... no lo sé. Discúlpame, por favor- bajó la cabeza
-Eh...- le tomó el rostro con dulzura -Eh- le llamó de nuevo -No tienes que comportarte como un cachorro asustado delante de mí. Me da igual lo que diga mi madre, tú no eres simplemente un esclavo para mí. Eres prácticamente un hermano, un amigo. De las pocas personas y SABES que son pocas- aclaró con una sonrisa -que puede llegar a entenderme sin juzgarme- aquellas palabras hicieron sonreir al muchacho
-Gracias Lírida-
-No tienes nada que agradecerme, tonto. Hace falta algo más que un sermón de la Dama de Bronce para hacerme cambiar. Mucho más- Teseo advirtió un toque de amargura en la voz de la chica mientras daba otro sorbo al vino, con la mirada perdida. Dama de Bronce. Así era como solía llamar a su madre cuando la molestaba, por ser tan dura y estirada y con el alma marrón. A Teseo le divertía ese mote, desde luego. Prefirió no continuar con la conversación al ver la mirada herida de Lírida y simplemente permaneció junto a ella, admirando el paisaje, el ocaso y la gente que llegaba. Desde la lejana Arisia llegaban los hombres más poderosos físicamente que jamás habían visto los ojos del esclavo, los cuales casi se le derretían al contemplarlos: eran hermosos, eran perfectos. Alguno más guapo que otro, como siempre, pero sus cuerpos... musculados, amplios, enormes, libres de cualquier imperfección salvo por alguna cicatriz plateada ocasional que no hacían más que sumarle atractivo. Sus brazos capaces de romper espadas, sus espaldas con la fuerza suficiente para cargar un barco. Sus piernas destinadas a romper montañas en dos con una sola patada. Tragó saliva sólo de imaginar una gran guerra entre Eteria y Arisia. El esclavo supo al instante que no tendrían oportunidad alguna. Luego, tras la llegada de grupos de arisos, llegaron gentes de los demás estados, como Enokos, Caltide y Serta. Ninguno, absolutamente ninguno, pese a que también eran fuertes, grandes y hábiles, tenían el brillo que tenían los arisos. Ni su belleza -Qué aburrimiento- terció Lírida tras largo rato de silencio -Me pregunto si no habrá nada que aporte frescura a este lugar. Todo son hombres fornidos, con ganas de sudar y de ser los campeones...- suspiró -Supongo que tú por otro lado estás encantado-
-Jamás he visto tanta belleza junta ¿Es esto lo que llaman los Campos Elíseos? ¿Es este el paraíso?- Lírida rompió a reir ante aquel comentario tan hechizado de Teseo
-Pobrecillo. Anda, vamos a dar una vuelta. Va a comenzar el ritual y tal vez veamos algo que merezca la pena aprender- dicho aquello, la chica dejó el cáliz sobre una elegante mesita dispuesta para los invitados y echó a caminar junto a Teseo.

Ares

El clamor de las voces gritaba el nombre de Zeus, invocándolo, ante una enorme estatua del Dios de Dioses, que se alzaba colosal y majestuoso ante la entrada del enorme estadio donde se llevarían a cabo los juegos. La fiesta era toda una delicia para los que tenían permitido disfrutar de ella, entre los que Ares no se encontraba. Alto y fuerte, podría pasar como participante de no ser por el collar negro que llevaba al cuello, el cual simbolizaba que era un esclavo, además de su túnica sencilla color marrón. En pie, observaba con las manos cruzadas en pose solemne cómo los amos, patrocinadores y participantes comían y bebían de los mejores manjares, sacrificaban ovejas a Zeus tiñendo con la sangre los pies del dios. En diversos rincones de la zona habitable para la festividad había gente tocando música con tambores, panderetas, flautas y laudes. Hermosas muchachas jóvenes cantaban al son de la música mientras los que empezaban a embriagarse bailaban y daban saltos, invocando, nuevamente, la bendición de Zeus. Entre el gentío y el sin fin de gente festejando, si Ares miraba hacia el mar de sábanas y alfombras que regaban el suelo para la comodidad de los que no querían estar de pie y bailando, podía llegar a encontrar a participantes, enormes y poderosos, desnudando a hermosas doncellas en mitad de la fiesta para cubrirlas con sus músculos y practicarles un tipo de sexo completamente animal y salvaje. De vez en cuando, se quedaba hipnotizado por los gemidos de las chicas que llegaban a superar el nivel de ruido de la música y los rezos, del vaivén de sus cuerpos embestidos por los luchadores y corredores -¿Ves algo que te guste, Ares?- la voz de su amo, Hedonis, le sobresaltó tanto como su mano encallecida en su brazo -Son hermosas ¿verdad?-
-¿A qué te refieres, kyrios?- preguntó bajando la cabeza
-A las chicas- bebió Hedonis de un cáliz de vino con la mirada brillante. Estaba ebrio -Míralas. Disfrutando, gozando. Son tan bellas. Las adoro- sin embargo, no dejaba de acariciarle el brazo a su esclavo -¿Te gustan sus pechos?- preguntó
-Un esclavo no debería reparar en esas cosas, kyrios-
-Ya lo sé, Ares. Sólo te pregunto si, en general, en algún momento de tu vida, te han atraido los pechos de las mujeres- la caricia en el brazo se convirtió en una tenaza. Sus dedos casi se clavaban en sus músculos. Demandaba una respuesta clara
-Sí, kyrios. Me gustan las mujeres-
-Ya lo sé, Ares. Ya lo sé- bebió de nuevo -Sólo quería tu respuesta sincera para poder recordarte, una vez más, que no son para ti. Tocarás una mujer si alguna vez te lo permito. Eres mi esclavo y me debes pleitesía sólo a mí-
-Sí, kyrios-
-Así me gusta. Mira cuanto quieras. Deleitate. Guárdate sus recuerdos para cuando te sean necesarios- dijo lleno de malicia -Los necesitarás- Ares simplemente asintió con la mandíbula tensa -¿Dónde está Luca?- preguntó entonces -¿Dónde está mi campeón?-
-Antes le vi marcharse con un pequeño grupo hacia las tiendas-
-Ah, este inquieto y goloso guerrero... Ve por él ¿De acuerdo? Y dile que por hoy ya es suficiente. Dejemos que sus contrincantes tengan tanto sexo como quieran y que se cansen para mañana en las competiciones. Él debe estar en perfectas condiciones: no más vino, no más comida, no más sexo-
-Sí, kyrios- Ares se dio la vuelta y por fin, se pudo separar del amo al que tanto odiaba, con toda la fuerza de su ser. Caminó y caminó entre el gentío, atravesando el mar de gente, apartádolos con cordialidad cuando se trataba de señores, señoras y participantes, con algo más de descaro cuando eran esclavos. Entonces chocó con ella. Lírida cayó al suelo como si se hubiese estampado contra un pilar del enorme senado de Eteria. Ares no mostró preocupación al principio, pero cuando la miró y analizó sus vestimentas y comprobó que un esclavo la seguía, se agachó cuanto antes para tomarla de la cintura -¡Cuanto lo siento, mi señora!- se disculpó a toda velocidad. Las ropas de la chica se habían ensuciado de tierra mojada, seguramente por vino derramado. Ahora estaba húmeda y pegajosa, lo cual contribuyó a que las manos de Ares pudieran percibir con mucha más claridad el cuerpo de la chica al levantarla. El corazón le dio un vuelco y no por amor
-¿Pero qué...?- Lírida le miró, algo aturdida. Reparó automáticamente en el collar, negro y pesado, tan llamativo -¿Un esclavo?-
-¡Ten más cuidado!- rugió Teseo, pese a que Ares era el doble de ancho y fuerte que el joven -Si le haces el menor daño a mi señora, juro por Zeus ante nosotros presente que...-
-He dicho que lo siento- concluyó Ares con mayor frialdad, mirando a Teseo
-No pasa nada...- Lírida se sacudió la ropa de la arena pegada -Pero deberías ir con más cuidado-
-Lo siento muchísimo. Cumplo órdenes- Lírida le miró y luego miró a Teseo. Finalmente le devolvió la mirada a Ares. Éste tenía los ojos apagados, muertos. Tenía una mirada oscura, muy distinta a la de Teseo y aún así, era una mirada intensa. Él era quien la miraba de esa forma. Como si nunca hubiese visto a una mujer. La chica se sintió extraña
-No pasa nada- musitó -Puedes irte, no voy a pedir un castigo-
-Te lo agradezco, de todo corazón- dijo Ares antes de partir. Era curioso. Ningún esclavo solía dar a conocer cuánto agradecía que no se le castigara. Ese hombre, a los ojos de Lírida, se mostraba verdaderamente hastiado, agotado... y furioso. Pese a que se disculpaba de corazón, su voz era dura como una espada e igual de afilada era su mirada. Lo vio marcharse en silencio, junto a Teseo
-¿De verdad que esto no es el Elíseo? ¿O el Olimpo? Porque no paro de ver dioses- dijo finalmente Teseo, arrancando una carcajada a Lírida.

miércoles, 20 de junio de 2018

Lírida

El gran astro ardiente apenas asomaba por las colinas que podían divisarse desde los campos traseros del hogar de la chica, quien se desperezaba con cierta lentitud a cada paso que daba. El silencio que reinaba en la ciudad a unas horas tan tempranas no ayudaban a mantener los ojos abiertos, ni mucho menos las órdenes de su madre.
-Coged mantas. Podemos enfriarnos por el camino- Idice señalaba con el dedo a los esclavos de la familia, manteniendolos ocupados durante todo momento bajo distintas demandas que empezaban a dejar de poder suplir con agilidad. -Subid todo al carro. Vamos, vamos. Llegamos tarde- añadió. 
-Tarde...- murmuró Lírida saliendo de la casa en dirección al camino de arena y grava en el que se encontraba el carro en el que viajarían, así como Eonindas apoyado sobre el mismo. -Madre dice que llegaremos tarde- explicó la chica acercándose al hombre -Creo que aun no comprende como funciona el tiempo-
-Ya intenté explicarle que tardaremos más de un día en llegar, y que no es la hora de la partida sino la velocidad de los caballos la que determinará en qué tiempo llegaremos.- explicó mientras acariciaba el pelaje espeso y oscuro de los animales, ya preparados para partir.
-¿Quienes vendrán?- preguntó la chica con curiosidad. Eonidas no pudo evitar lanzarle una mirada con cierto interés. 
-No soportarías que no viniese con nosotros Teseo ¿Verdad?- Lírida arqueó una ceja ante aquella pregunta, para posteriormente cruzarse de brazos. Sus sentidos le decían que su padre estaba teniendo ideas totalmente erróneas en su cabeza, de modo que negó con la cabeza.
-Estoy enseñando a Teseo aritmética, quisiera que siguiera aprendiendo en estos días de viaje. Y por supuesto, es mi mejor amigo. Creo que es algo natural el querer que me acompañe-
-Tu madre cree que es algo extraño que una joven sin casar no se lleve bien con ningún hombre, a excepción de Teseo- 
-Es curioso, porque Teseo se lleva bien con todos los hombres- replicó la chica guiñando el ojo. Eonidas frunció el ceño durante un par de segundos para después suspirar, sabedor de la indirecta de su hija.
-En cualquier caso, no soy yo el que tiene las quejas. Teseo vendrá con nosotros. Athena tambien. Los demás se quedarán aquí para cuidar de la casa y el campo.- Mientras hablaba, Lírida no pudo evitar sonreír con cierta superioridad. Se atrevía a decir que conocía tan bien a su padre, que podía adivinar cada palabra que éste iba a decir antes de que las pronunciase. A fin de cuentas, su relación con él era muy estrecha, al contrario que con su madre.
-Y con esto ya está todo en el carro- anunció el joven esclavo mientras cargaba un saco de manzanas recién sacado de la despensa en dirección al carro. Lírida subió a la parte trasera del mismo y esperó a que sus padres hiciesen lo mismo. En lo más profundo de su ser, no podía negar que su curiosidad se veía sumamente excitada al comprender que iba a ser una de las pocas mujeres del país en contemplar los Juegos.


Teseo

Con las rodillas recogidas entre los brazos, el muchacho se dejaba balancear con el vaivén que el carro producía a medida que los caballos tiraban del mismo, sorteando piedras y baches naturales repartidos por todo el sendero que delimitaba las ciudades. Se miraba las rodillas con cierta atención, huesudas y de piel escamosa, demasiado estropeadas. Recordaba cada caída y cada golpe que desde niño había sufrido como si dichos accidentes sucedieran el día anterior. Tanto las recordaba, que se sobresaltó cuando Lírida golpeó una de sus piernas con cierta violencia.
-¿Me estás escuchando?- el joven se acarició la pierna con rapidez -Dime que no he estado explicando matemáticas a la lona- 
-Te estaba escuchando, solo me he distraído un momento-
-Sí, seguro- Lírida suspiró y enrolló el pergamino que tenía en la mano para dejarlo en uno de los pequeños sacos que transportaban -Dime la verdad. No te gusta ¿Verdad?-
-Sí me gusta, de verdad. Quisiera tener todos los conocimientos que tienes-
-Y sin embargo hoy te distraes con facilidad-
-Es que estaba... pensando- murmuró el chico con la cabeza gacha. Aquella actitud tan repentinamente pasiva hizo que Lírida se pusiese seria. Teseo se hizo un hueco en el interior del carro, prediciendo los pasos que la chica daría. Efectivamente, se movió de su situación para sentarse junto al chico, quien suspiró y miró a su amiga con cierta tristeza.
-Algo te aflige-
-Alguna vez ya te lo he comentado- empezó a decir. Tenía la suficiente confianza en su ama como para saber que podía confiarle cualquier pensamiento, incluso el más descabellado de ellos. Era un hecho que, a pesar de ser un esclavo, Lírida le hacía sentirse un hombre libre. Su actitud, el respeto que mostraba hacia él y el trato cordial hacían que se sintiese enormemente afortunado, sobretodo cuando contemplaba la dura vida de otros esclavos con los que a veces se cruzaba. -Me siento realmente emocionado por saber que voy a poder contemplar los Juegos, aunque sea subido a un poste con el resto de esclavos-
-Ni hablar, Teseo. Voy a conseguirte un asiento-
-No deberías preocuparte tanto por mi o un día te meterás en un lío- advirtió -Pero, como decía, a pesar de la emoción, siento que me invade una profunda tristeza. Desde niño he soñado, no solo con asistir a los Juegos, sino con participar en ellos. Se que es imposible dada mi condición, pero... Me contentaría con lanzar una jabalina aún sin público, cuando el lugar esté vacío y solo quedemos la pista y yo- explicó con un enorme brillo en los ojos que hizo que a Lírida se le enterneciera el corazón.
-Lo conseguirás un día. Todo lo que te propongas. Pero no podrás proponerte nada si antes no entiendes lo que te rodea, como la aritmética- bromeó, consiguiendo que Teseo mostrase una leve sonrisa -De verdad, Teseo. Un día lo harás. Un día...- el chico advirtió que su amiga bajaba el tono de voz -Un día las leyes cambiarán. El día que mi opinión tenga voz y voto... Ese día serás libre- El joven decidió callar ante aquellas palabras. ¿Como rebatirlas? ¿Como decirle a su amiga que no creía que tal cosa ocurriese? ¿Como explicarle a su compañera que no existían a penas personas que compartiesen su mismo punto de vista? ¿Como decirle que estaba equivocada? Teseo sonrió mas ampliamente, provocando que Lírida dejase el tema a un lado y se acomodase. -Pero me decepcionas. Pensaba que el conocimiento te gustaba más que el deporte- comentó sacando la lengua.
-¿Y no sería el deporte... algo similar al conocimiento del cuerpo? Me refiero al entrenamiento. Es sabido que los participantes empiezan a entrenar a una edad muy temprana para que hoy sean los profesionales más sobresalientes en su campo. ¿A caso el comprender como funcionan los músculos para conseguir el éxito no sería conocimiento?- preguntó el chico de forma algo acelerada, incluso emocionada dada las probabilidades de acierto de su razonamiento.
-Pues...- Lírida pestañeó -Se puede considerar- añadió, rascándose la barbilla -Pero bajo ese razonamiento, cualquier actividad que implique un ejercicio de los músculos la llamarías conocimiento. ¿Es el sexo un conocimiento? Y con sexo me refiero al acto sexual- preguntó con picardía, alzando una ceja. Teseo se puso ligeramente nervioso. 
-Bueno... No exactamente. Creo que debo matizar-
-Matiza mientras contemplas los entrenados cuerpos de los participantes cuando den comienzo las competiciones- bromeó 
-Matiza tú, que eres la que aún tiene que casarse-
-Me casaré cuando encuentre a la pareja idónea, la cual dudo que esté entre un montón de cuerpos musculosos y sudorosos que compiten con orgullo bajo el nombre de una ciudad que aun no se encuentra avanzada- replicó. Teseo borró su expresión risueña por un momento. Bajo las palabras de su amiga, se sintió ligeramente superior en ventajas a ella. Mientras que él no tenía por qué relacionarse con nadie que no quisiera, a la chica cada vez le esperaba un futuro más funesto. Temía que si alguna vez Eonidas faltase, su madre la casase con cualquier hombre despreocupado y la alejase de su lado. Incluso empezaba a sospechar que el propio Eonidas la daría a algún hombre si seguía cumpliendo años en el interior de su hogar... Sea como fuere, por una vez en la vida, Teseo podía decir que contaba con una elección la cual la chica, a pesar de no ser esclava, no tenía.

Eonidas

Como palabras llovieron las estrellas para vestirla con un funesto destino. Ella viene con la guerra bajo un brazo y la paz en sus manos. Ella camina sobre el fuego, se baña en mares rojos de tintados por la sangre y yace en las sombrías arenas del horizonte más negro. Ella que está amparada por el nombre de los dioses. Ella que lleva tu sangre, ella, hija de esta tierra, la avocará al peor de los finales. Lírida de Eteria es el mapa al fin de los tiempos.

Las palabras del oráculo seguían despertando a Eonidas con el corazón agitado desde el día de su nacimiento. Ahora, 24 años después, la chica seguía dándole dolores de cabeza con sólo recordarlo. El Eteriense se levantó del camastro del que su esposa ya se había despegado hacía rato. Desnudo como vino al mundo, anduvo hacia un rincón del habitáculo para coger su toga azul marino y vestirse con ella antes de salir al blanco palco que le dejaba unas esplendorosas vistas de la ciudad de Eteria, gran capital de los estados de Odyka -Buenos días, padre- la agradable voz de Lírida le saludó desde la calle, donde la chica se encontraba, para variar, acompañada del esclavo de la familia, Teseo
-Buenos días mi dulce Lírida- sonrió el hombre con todo el amor que le cabían en las entrañas -Hola a tí también, Teseo ¿Te has ocupado hoy de los campos?-
-Sí, kyrios- agregó el esclavo con suma humildad, asintiendo elegantemente con la cabeza
-Bien...- Eonidas tamborileó con los dedos sobre el palco, suspiró profundamente y procedió a bajar a la planta baja. Allí se encontraba Idice, su esposa, arreglando una maceta decorativa de hermosas flores -Buenos días, querida-
-Hola...- suspiró ella
-¿Ocurre algo en esta buena mañana?- Eonidas tomó una manzana de un canasto y procedió a comerla
-Bueno, mañana, mañana...- Idice le hizo un gesto con la cabeza -Poco faltaba para que el propio Helios bajara de su carro a levantarte a golpes- se mofó
-Vaya, por los dioses ¿Y es eso razón suficiente para un rostro tan compungido, mujer?- mordió de nuevo la manzana
-No, claro que no. No es eso- volvió el rostro de nuevo a las flores
-¿Entonces? ¿Qué ocurre?- ante la pregunta insistente, Idice disparó una mirada veloz hacia la entrada del hogar y miró de nuevo a su esposo, mordiéndose los labios nerviosa
-Quiero... Bueno... Quisiera ser madre, Eonidas- ante aquella propuesta, el hombre rió
-Ya lo eres Idice, aunque gustosamente procedería a darte cuantos quisieras- dijo con tono pícaro el esposo, mordiendo la manzana de nuevo pero con unos modos más eróticos
-Ya sabes lo que pienso al respecto- terció ella, poniéndose una mano en la cadera -Lírida no es... el tipo de hija que una mujer espera-
-No seas así con la pobre niña-
-No es una niña, Eonidas. Ya no. Hace mucho que dejó de serlo. Y mírala- señaló hacia la puerta, aunque ella no estaba allí -Siempre con Teseo como si fuese su mejor amigo ¡Y es nuestro esclavo, por el amor de Zeus, Hera y todos los dioses!-
-Baja la voz ¿quieres?- regañó Eonidas -No quiero que te oiga hablar así-
-A mi me da igual, Eonidas ¿Cuánto tiempo vamos a fingir que la oráculo no vino a vernos la noche en que nació? ¿Cuánto tiempo vamos a ignorar lo que nos dijo?- a Idice casi se le enlagrimaban los ojos
-Por favor... ¿Pero has visto a Lírida? ¿La has estudiado bien? ¿Crees de verdad que una chica tan dulce como nuestra hija traerá la perdición a Odyka? ¿Que destruirá Eteria? De eso se ocuparán los arisos, los belli o en el peor de los casos, un conflicto con amenithios- se encogió de hombros Eonidas
-Bellum y Amenthis tienen su propio gran conflicto- suspiró Idice -No pondrán sus ojos sobre nosotros más que para ganarse la lealtad del pueblo Odyka. Arisia es otro caso. Los estados de nuestro propio pueblo no se sostienen, no se soportan a sí mismos. Pero la oráculo no mencionó Arisia. Habló claramente de Lírida de Eteria. Y los años pasan, Eonidas. Se suceden las estaciones y la chica crece ¿Y quieres una muestra de cómo puede ser cierto? Tu hija ha superado de sobra la edad casadera, Eonidas. Siempre está con el esclavo, el único con el que parece llevarse bien. Ningún hombre en esta maldita ciudad quiere estar cerca de ella y no por falta de belleza- gruñó la mujer
-He visto a Lírida rechazar a hombres por no saber qué es Orión- rió el esposo -Quizá es culpa mía y no suya, mujer, que sea tan exigente. No le gustan los hombres estúpidos, ni gandules. Eso está claro ¿Y sabes qué? Me alegro de ello- Eonidas se terminó la manzana -Hazme un favor, cálmate, deja de pensar de pensar mal de tu hija, como si fuese un monstruo. Porque es tu hija, Idice. Y no porque tengas 10 hijos más va a dejar de serlo. Siempre tendrá tu sonrisa- Eonidas besó la frente de la mujer y decidió que era un buen momento para dejarla reflexionar, de manera que salió al exterior al encuentro de su hija y Teseo.

Allí estaban, como hacía un rato. Sentados en un pequeño banco tan blanco como el resto de la vivienda, como el resto de Eteria. El hombre aspiró el aire puro y con cierto aroma a salado que traía el mar hasta su hogar aunque estuviese algo alejado. En el horizonte podía ver la entrada al puerto de Eteria custodiado por dos gigantescas estatuas labradas en las montañas con la forma de dos soldados eterienses guardando a la ciudad con sus amenazantes e insondables lanzas -¿Otra vez discutiendo con mamá?- preguntó Lírida de pronto, sacando a Eonidas de su ensimismamiento
-¿Discutir? ¿Pero qué dices, niña?- sonrió el hombre
-Se os oía desde aquí- la chica parecía preocupada
-No tienes nada que temer. Era solo una conversación-
-¿Y de qué hablabais?- se cruzó de brazos la joven
-De nada en particular- sonrió simplemente el padre -¿Y vosotros dos qué tramáis?-
-No podría tramar nada, kyrios- dijo apresurado Teseo bajando la cabeza -Sólo conversaba con la señorita Lírida-
-Como de costumbre- se quejó la chica encogiéndose de hombros -¿Cuándo vas a perder ese miedo a mi padre, Teseo?-
-Nunca- dijo el joven esclavo -Es mi amo, como tú eres mi ama. Os debo resepto y lealtad, a toda la familia. Si en algún momento a mi amo le molesta mi presencia, o que tenga momentos de solaz contigo, señorita Lírida, lo respetaré-
-Bien dicho- aseguró Eonidas -No obstante, creo que ya ha quedado claro en estos años que no me molesta que mi hija te trate como un amigo. Bueno, incluso añadiría que me agrada en cierta manera-
-Siempre es un gusto saberlo, kyrios- concluyó el esclavo
-Cuídala siempre, Teseo. Es la mayor y mi única condición en esta... amistad vuestra-
-Sí, kyrios-
-Padre...- bufó la joven, robándole una cálida sonrisa a su padre que no tardaría en desvanecerse. Un caballo llegaba por el sendero con un jinete sobre su lomo. Eonidas conocía bien a esa persona, ya desde la distancia pudo reconocerlo por su toga blanca y el amplio pañuelo rojo que llevaba al cuello que caía como una capa sobre un hombro y parte de la espalda
-Acabo de acordarme...- musitó el hombre -Lírida ¿Recuerdas que hace unos días te hablé sobre Angelos?-
-Sí... ¿El mercader?- asintió la muchacha
-Exacto ¿Te apetecería ir a puerto y preguntarle si han llegado ya las semillas que le pedí?- dijo el hombre con amabilidad, a lo que Lírida asintió -Muchas gracias, hija. Teseo, ve con ella, por supuesto-
-Sí, kyrios. Sin falta- la chica se levantó y junto al muchacho, comenzaron a recorrer camino rumbo al puerto de la ciudad. Momentos más tarde, el jinete llegaba a la puerta de la casa.

El hombre descabalgó con total soltura y caminó con descaro hacia Eonidas, el cual le esperaba con las manos cruzadas tras la espalda. Ambos se sostenían la mirada con vehemencia -Que los dioses te asistan en este día tan hermoso, Eonidas- rompió el hielo el recién llegado -Veo que pase lo que pase, tu casa siempre está hermosa y brillante a la luz del día por muchas tormentas que azoten nuestras islas-
-Buen día a ti también, Orkos- sonrió falsamente Eonidas -¿Qué te trae por aquí nuevamente?-
-Podría andarme con rondeos pero... ¡Qué demonios!- Orkos era alto. Le sacaba una cabeza a Eonidas y algo más joven también -Se acercan los Divinos Juegos, Eonidas, supongo que lo sabes-
-Tan bien como que anoche fue luna llena- asintió -Si venías a anunciarlo, no era necesario-
-Vengo a invitarte- avanzó Orkos con mirada maliciosa y sonrisa felina -Eso es, Eonidas. Tú y tu familia seréis invitados oficiales en mi nombre a contemplar en primera fila los grandiosos Divinos Juegos en honor a Zeus-
-Me temo que tengo que declinar tu oferta, aunque es tentadora- se mantuvo firme Eonidas
-Vaya, esperaba al menos un "gracias, Orkos", pero veo que hoy tus modales están algo entumecidos, quizá por las pasadas tormentas- se burló
-Tal vez, sí. Es posible, desde luego- concluyó el hombre sin más ánimos de dialogar con Orkos
-Supongo que vas a volver a negarte a participar ¿eh?- reveló por fin el recién llegado -Te lo he dicho decenas de veces. Es una oportunidad única, Eonidas. Para ti y tu familia. La forma de llegar alto en la cadena política de Odykas-
-Yo no quiero ser político, Orkos. Soy astrónomo. El infinito celestial es mi pasión y mi vida-
-El infinito celestial...- Orkos escupió en el suelo -¿Se puede saber qué te hace pensar que hay infinidad ahí arriba?-
-La insondabilidad de la bóveda celeste, al igual que la voluntad de los dioses, es incomprensible por nuestras capacidades humanas. Ergo, si no la comprendemos, lo hace infinito, pues nunca conoceremos en los días venideros sus límites o confines. Confío en que algún día podamos, sin embargo-
-Sandeces, sandeces y más sandeces viejo amigo. No quiero filosofar aquí contigo sobre el cosmos. Quiero que alguien como tú, tan brillante, formes parte de un plan mayor, maldición-
-Me temo que he de rehusar nuevamente tu petición, viejo amigo. Si no hay más que hablar...- fue a darse la vuelta para dar por sentada la conversación, pero Orkos le tomó del brazo
-Espera, Eonidas- exhaló aire muy despacio -Al menos acepta la invitación a los Divinos Juegos. Todas las casas célebres de Eteria tienen colegas a los que invitar. Yo quiero que vengas tú. Puedes darte a conocer. Habrá pensadores y hombres de ciencia de todos los estados. Es una grandísima oportunidad para ampliar tus horizontes- aquellas palabras hicieron mejor mella en el ánimo de Eonidas
-¿De todos los estados, dices?-
-Incluso de Arisia, sí-
-¿Pensadores arisos?- casi soltó una carcajada -¿Esa panda de brutos tienen filósofos?-
-Te sorprenderá el descubrir cómo sus puños de piedra son capaces de abrir caminos impredecibles en el mundo de las ideas- rió Orkos, tentando a Eonidas
-¿De cuánto tiempo estamos hablando?- enarcó una ceja el hombre
-Tres días aproximadamente-
-¿Y si quisiera volver antes?-
-No sé por qué razón harías eso pero a fin de cuentas no eres participante ni promotor, por lo que obviamente puedes volver cuando quieras. Como si quieres volver el mismo día que llegues- se encogió de hombros Orkos -Te lo ofrezco de buena voluntad Eonidas. Es por tu bien, para que encuentres nuevos hilos, nuevos lazos entre colegas-
-...Está bien, te acompañaré- asintió finalmente -Con la condición de que no vuelvas a invitarme a esos asuntos tuyos- le señaló con el dedo y Orkos asintió
-Está bien. Te aseguro que no volveré a invitarte-
-De acuerdo. Entonces si no hay más que hablar...-
-Nada más. Siempre es un placer verte, Eonidas. Nos vemos pronto para los Divinos Juegos- montó en su caballo de nuevo y se puso en marcha de nuevo, vuelta por la senda que le trajo al hogar de Eonidas -Demente obstinado...- musitó para sí mismo dejando atrás al hombre que una vez consideraba amigo.