Eonidas
Llegar a Agameron fue un poco más cansado de lo que la familia esperaba, pero al menos Eonidas se contentaba con que había sido mayormente entretenido para su hija, ya que temía mayormente por ella. Sabía que Lírida no era precisamente el tipo de persona que degustaba el ejercicio físico, ni admiraba la fuerza bruta. Ella se divertiría y disfrutaría enormemente en los salones de la biblioteca de Orenaika allá en Amenthis. Esperaba que algún día ella pudiese ir, a poder ser, con un buen esposo con el que convivir -Ya estamos aquí- dijo por fin con un suspiro orgulloso -¡Agameron! Donde se celebran los Divinos Juegos- su esposa, hija y esclavo observaron con total deleite la imagen que se pintaba ante ellos: un inmenso edificio tan blanco como el más puro marfil se alzaba en la distancia constituido principalmente de un sin fin de pilares en forma circular que conformaban un inabarcable estadio donde se encontrarían gentes de distintos lugares -En unos momentos estaremos preparados-
-¿Y dónde nos alojaremos?- preguntó Idice
-Habrá tiendas, no te preocupes- asintió el cabeza de familia -Todo está ideado-
-Espero que no sea demasiado aburrido- Lírida torció el gesto, reflexiva
-Tómatelo como un nuevo campo de conocimiento. Aunque no lo practiques y no te caiga demasiado bien la gente que sólo piensa en el trabajo físico, siempre está bien tener nociones de todo. Puedes estudiar, por ejemplo, el límite del cuerpo humano o hasta qué punto puede evolucionar- le sonrió su padre
-Mmm... Supongo que tienes razón en eso-
-¿Qué hay de mí?- preguntó entonces Teseo
-Los esclavos no podéis entrar a ver los juegos, por lo que cuando estemos en plena celebración de las actividades permanecerás fuera, en la tienda o haciendo cualquier tarea para la que se te requiera-
-Sí, kyrios. Comprendido- asintió conforme el joven
-¿Por qué no pueden entrar los esclavos?-
-Lírida...- masculló Teseo
-Porque son esclavos- concluyó Idice con cierta mala gana
-¿Y por ello no pueden entrar? ¿Y si algún amo necesita algo de ellos?-
-Se les mandará llamar, hija, pero no pueden estar con nosotros viendo los juegos- apuntó Eonidas
-Entonces casi hubiese sido mejor dejar a Teseo en casa, estaría mejor que aquí, en un lugar desconocido, solo- gruñó Lírida
-Creo que va siendo hora, muchacha, de que dejes de pensar tanto en Teseo como tu amigo- Idice la miró con fuego en la mirada
-Idice, no ahora- la mujer desobedeció a su esposo
-En algún momento habría que habérselo aclarado, Eonidas. Quizá entonces ya estaría casada de ser así- volvió a mirar a su hija -Ten esto claro, niña. Los esclavos son esclavos. No tienen los derechos que nosotros tenemos. No significa claro está que haya que tratarles mal o como a animales rastreros, pero no son nuestros iguales. Tu amistad con Teseo sobrepasa de sobra el límite que separa a un amo de un esclavo y eres la comidilla de Eteria. La única que con 24 primaveras sigue sin un marido, siempre mirando las estrellas como tu padre, a diferencia de que lo haces sola y con la única compañía de tu esclavo como único acompañante masculino, con quien hablas y ríes a todas horas- terminó de decir la mujer, con una más que notoria molestia y un ferviente deseo de liberar sus pensamientos -No es nada personal contra ti, Teseo. Eres un buen chico, obediente y servicial. Pocos son como tú, y por ello consideramos que te tratamos muchísimo mejor de lo que se trata al resto, pero es más que evidente que la relación que Lírida y tú mantenéis sobrepasa notoriamente las fronteras de una comunicación ama-esclavo-
-Lo entiendo, señora- bajó la cabeza Teseo
-No voy a obligaros a estar separados- añadió Idice -Pero espero ver un comportamiento mucho más digno a partir de ahora- dicho eso, Lírida miró a su padre que mantuvo un total y completo silencio hasta que bajaron del carro una vez estuvieron frente al grandísimo estadio de Agameron.
Teseo
El día transcurrió con normalidad. Eonidas e Idice fueron recibidos por ese hombre al que más de una vez habían recibido como invitado en el hogar, un tipo llamado Orkos. Les explicó a la familia en general el cómo y el cuando comenzarían los Divinos Juegos, dónde se encontraban los participantes y las zonas de entrenamiento por si tenían a bien ir a echar un vistazo y dónde se encontraba la tienda en la que la familia dormiría, la cual era bastante amplia. Teseo, pese a ser esclavo, no tardó en deducir que era una tienda de campaña utilizada en las batallas donde los grandes capitanes se guarecían de la destrucción. Casi se podía imaginar rodeado de fuertes y poderosos soldados cincelados por las manos de los más hábiles escultores mientras él planificaba un ataque sobre un plano extendido en una larga mesa -¿...bien?- la voz de Lírida le sacó de su ensimismamiento. Llevaba todo el día callado y ausente. Ya estaba cayendo la tarde y el lugar se llenaba de gente de distintas regiones. En poco menos que unas horas comenzarían las celebraciones y ritos a Zeus para conmemorar y dar comienzo a los Divinos Juegos bajo su bendición
-¿Eh, qué?-
-Que si estás bien- indagó la chica, dando un sorbo de vino de un caliz de plata
-Ah, oh, sí. Todo bien-
-No me mientas ¿Es por lo que ha dicho mi madre?- indagó la joven
-No... Osea, sí. Quiero decir... no lo sé. Discúlpame, por favor- bajó la cabeza
-Eh...- le tomó el rostro con dulzura -Eh- le llamó de nuevo -No tienes que comportarte como un cachorro asustado delante de mí. Me da igual lo que diga mi madre, tú no eres simplemente un esclavo para mí. Eres prácticamente un hermano, un amigo. De las pocas personas y SABES que son pocas- aclaró con una sonrisa -que puede llegar a entenderme sin juzgarme- aquellas palabras hicieron sonreir al muchacho
-Gracias Lírida-
-No tienes nada que agradecerme, tonto. Hace falta algo más que un sermón de la Dama de Bronce para hacerme cambiar. Mucho más- Teseo advirtió un toque de amargura en la voz de la chica mientras daba otro sorbo al vino, con la mirada perdida. Dama de Bronce. Así era como solía llamar a su madre cuando la molestaba, por ser tan dura y estirada y con el alma marrón. A Teseo le divertía ese mote, desde luego. Prefirió no continuar con la conversación al ver la mirada herida de Lírida y simplemente permaneció junto a ella, admirando el paisaje, el ocaso y la gente que llegaba. Desde la lejana Arisia llegaban los hombres más poderosos físicamente que jamás habían visto los ojos del esclavo, los cuales casi se le derretían al contemplarlos: eran hermosos, eran perfectos. Alguno más guapo que otro, como siempre, pero sus cuerpos... musculados, amplios, enormes, libres de cualquier imperfección salvo por alguna cicatriz plateada ocasional que no hacían más que sumarle atractivo. Sus brazos capaces de romper espadas, sus espaldas con la fuerza suficiente para cargar un barco. Sus piernas destinadas a romper montañas en dos con una sola patada. Tragó saliva sólo de imaginar una gran guerra entre Eteria y Arisia. El esclavo supo al instante que no tendrían oportunidad alguna. Luego, tras la llegada de grupos de arisos, llegaron gentes de los demás estados, como Enokos, Caltide y Serta. Ninguno, absolutamente ninguno, pese a que también eran fuertes, grandes y hábiles, tenían el brillo que tenían los arisos. Ni su belleza -Qué aburrimiento- terció Lírida tras largo rato de silencio -Me pregunto si no habrá nada que aporte frescura a este lugar. Todo son hombres fornidos, con ganas de sudar y de ser los campeones...- suspiró -Supongo que tú por otro lado estás encantado-
-Jamás he visto tanta belleza junta ¿Es esto lo que llaman los Campos Elíseos? ¿Es este el paraíso?- Lírida rompió a reir ante aquel comentario tan hechizado de Teseo
-Pobrecillo. Anda, vamos a dar una vuelta. Va a comenzar el ritual y tal vez veamos algo que merezca la pena aprender- dicho aquello, la chica dejó el cáliz sobre una elegante mesita dispuesta para los invitados y echó a caminar junto a Teseo.
Ares
El clamor de las voces gritaba el nombre de Zeus, invocándolo, ante una enorme estatua del Dios de Dioses, que se alzaba colosal y majestuoso ante la entrada del enorme estadio donde se llevarían a cabo los juegos. La fiesta era toda una delicia para los que tenían permitido disfrutar de ella, entre los que Ares no se encontraba. Alto y fuerte, podría pasar como participante de no ser por el collar negro que llevaba al cuello, el cual simbolizaba que era un esclavo, además de su túnica sencilla color marrón. En pie, observaba con las manos cruzadas en pose solemne cómo los amos, patrocinadores y participantes comían y bebían de los mejores manjares, sacrificaban ovejas a Zeus tiñendo con la sangre los pies del dios. En diversos rincones de la zona habitable para la festividad había gente tocando música con tambores, panderetas, flautas y laudes. Hermosas muchachas jóvenes cantaban al son de la música mientras los que empezaban a embriagarse bailaban y daban saltos, invocando, nuevamente, la bendición de Zeus. Entre el gentío y el sin fin de gente festejando, si Ares miraba hacia el mar de sábanas y alfombras que regaban el suelo para la comodidad de los que no querían estar de pie y bailando, podía llegar a encontrar a participantes, enormes y poderosos, desnudando a hermosas doncellas en mitad de la fiesta para cubrirlas con sus músculos y practicarles un tipo de sexo completamente animal y salvaje. De vez en cuando, se quedaba hipnotizado por los gemidos de las chicas que llegaban a superar el nivel de ruido de la música y los rezos, del vaivén de sus cuerpos embestidos por los luchadores y corredores -¿Ves algo que te guste, Ares?- la voz de su amo, Hedonis, le sobresaltó tanto como su mano encallecida en su brazo -Son hermosas ¿verdad?-
-¿A qué te refieres, kyrios?- preguntó bajando la cabeza
-A las chicas- bebió Hedonis de un cáliz de vino con la mirada brillante. Estaba ebrio -Míralas. Disfrutando, gozando. Son tan bellas. Las adoro- sin embargo, no dejaba de acariciarle el brazo a su esclavo -¿Te gustan sus pechos?- preguntó
-Un esclavo no debería reparar en esas cosas, kyrios-
-Ya lo sé, Ares. Sólo te pregunto si, en general, en algún momento de tu vida, te han atraido los pechos de las mujeres- la caricia en el brazo se convirtió en una tenaza. Sus dedos casi se clavaban en sus músculos. Demandaba una respuesta clara
-Sí, kyrios. Me gustan las mujeres-
-Ya lo sé, Ares. Ya lo sé- bebió de nuevo -Sólo quería tu respuesta sincera para poder recordarte, una vez más, que no son para ti. Tocarás una mujer si alguna vez te lo permito. Eres mi esclavo y me debes pleitesía sólo a mí-
-Sí, kyrios-
-Así me gusta. Mira cuanto quieras. Deleitate. Guárdate sus recuerdos para cuando te sean necesarios- dijo lleno de malicia -Los necesitarás- Ares simplemente asintió con la mandíbula tensa -¿Dónde está Luca?- preguntó entonces -¿Dónde está mi campeón?-
-Antes le vi marcharse con un pequeño grupo hacia las tiendas-
-Ah, este inquieto y goloso guerrero... Ve por él ¿De acuerdo? Y dile que por hoy ya es suficiente. Dejemos que sus contrincantes tengan tanto sexo como quieran y que se cansen para mañana en las competiciones. Él debe estar en perfectas condiciones: no más vino, no más comida, no más sexo-
-Sí, kyrios- Ares se dio la vuelta y por fin, se pudo separar del amo al que tanto odiaba, con toda la fuerza de su ser. Caminó y caminó entre el gentío, atravesando el mar de gente, apartádolos con cordialidad cuando se trataba de señores, señoras y participantes, con algo más de descaro cuando eran esclavos. Entonces chocó con ella. Lírida cayó al suelo como si se hubiese estampado contra un pilar del enorme senado de Eteria. Ares no mostró preocupación al principio, pero cuando la miró y analizó sus vestimentas y comprobó que un esclavo la seguía, se agachó cuanto antes para tomarla de la cintura -¡Cuanto lo siento, mi señora!- se disculpó a toda velocidad. Las ropas de la chica se habían ensuciado de tierra mojada, seguramente por vino derramado. Ahora estaba húmeda y pegajosa, lo cual contribuyó a que las manos de Ares pudieran percibir con mucha más claridad el cuerpo de la chica al levantarla. El corazón le dio un vuelco y no por amor
-¿Pero qué...?- Lírida le miró, algo aturdida. Reparó automáticamente en el collar, negro y pesado, tan llamativo -¿Un esclavo?-
-¡Ten más cuidado!- rugió Teseo, pese a que Ares era el doble de ancho y fuerte que el joven -Si le haces el menor daño a mi señora, juro por Zeus ante nosotros presente que...-
-He dicho que lo siento- concluyó Ares con mayor frialdad, mirando a Teseo
-No pasa nada...- Lírida se sacudió la ropa de la arena pegada -Pero deberías ir con más cuidado-
-Lo siento muchísimo. Cumplo órdenes- Lírida le miró y luego miró a Teseo. Finalmente le devolvió la mirada a Ares. Éste tenía los ojos apagados, muertos. Tenía una mirada oscura, muy distinta a la de Teseo y aún así, era una mirada intensa. Él era quien la miraba de esa forma. Como si nunca hubiese visto a una mujer. La chica se sintió extraña
-No pasa nada- musitó -Puedes irte, no voy a pedir un castigo-
-Te lo agradezco, de todo corazón- dijo Ares antes de partir. Era curioso. Ningún esclavo solía dar a conocer cuánto agradecía que no se le castigara. Ese hombre, a los ojos de Lírida, se mostraba verdaderamente hastiado, agotado... y furioso. Pese a que se disculpaba de corazón, su voz era dura como una espada e igual de afilada era su mirada. Lo vio marcharse en silencio, junto a Teseo
-¿De verdad que esto no es el Elíseo? ¿O el Olimpo? Porque no paro de ver dioses- dijo finalmente Teseo, arrancando una carcajada a Lírida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario