miércoles, 20 de junio de 2018

Eonidas

Como palabras llovieron las estrellas para vestirla con un funesto destino. Ella viene con la guerra bajo un brazo y la paz en sus manos. Ella camina sobre el fuego, se baña en mares rojos de tintados por la sangre y yace en las sombrías arenas del horizonte más negro. Ella que está amparada por el nombre de los dioses. Ella que lleva tu sangre, ella, hija de esta tierra, la avocará al peor de los finales. Lírida de Eteria es el mapa al fin de los tiempos.

Las palabras del oráculo seguían despertando a Eonidas con el corazón agitado desde el día de su nacimiento. Ahora, 24 años después, la chica seguía dándole dolores de cabeza con sólo recordarlo. El Eteriense se levantó del camastro del que su esposa ya se había despegado hacía rato. Desnudo como vino al mundo, anduvo hacia un rincón del habitáculo para coger su toga azul marino y vestirse con ella antes de salir al blanco palco que le dejaba unas esplendorosas vistas de la ciudad de Eteria, gran capital de los estados de Odyka -Buenos días, padre- la agradable voz de Lírida le saludó desde la calle, donde la chica se encontraba, para variar, acompañada del esclavo de la familia, Teseo
-Buenos días mi dulce Lírida- sonrió el hombre con todo el amor que le cabían en las entrañas -Hola a tí también, Teseo ¿Te has ocupado hoy de los campos?-
-Sí, kyrios- agregó el esclavo con suma humildad, asintiendo elegantemente con la cabeza
-Bien...- Eonidas tamborileó con los dedos sobre el palco, suspiró profundamente y procedió a bajar a la planta baja. Allí se encontraba Idice, su esposa, arreglando una maceta decorativa de hermosas flores -Buenos días, querida-
-Hola...- suspiró ella
-¿Ocurre algo en esta buena mañana?- Eonidas tomó una manzana de un canasto y procedió a comerla
-Bueno, mañana, mañana...- Idice le hizo un gesto con la cabeza -Poco faltaba para que el propio Helios bajara de su carro a levantarte a golpes- se mofó
-Vaya, por los dioses ¿Y es eso razón suficiente para un rostro tan compungido, mujer?- mordió de nuevo la manzana
-No, claro que no. No es eso- volvió el rostro de nuevo a las flores
-¿Entonces? ¿Qué ocurre?- ante la pregunta insistente, Idice disparó una mirada veloz hacia la entrada del hogar y miró de nuevo a su esposo, mordiéndose los labios nerviosa
-Quiero... Bueno... Quisiera ser madre, Eonidas- ante aquella propuesta, el hombre rió
-Ya lo eres Idice, aunque gustosamente procedería a darte cuantos quisieras- dijo con tono pícaro el esposo, mordiendo la manzana de nuevo pero con unos modos más eróticos
-Ya sabes lo que pienso al respecto- terció ella, poniéndose una mano en la cadera -Lírida no es... el tipo de hija que una mujer espera-
-No seas así con la pobre niña-
-No es una niña, Eonidas. Ya no. Hace mucho que dejó de serlo. Y mírala- señaló hacia la puerta, aunque ella no estaba allí -Siempre con Teseo como si fuese su mejor amigo ¡Y es nuestro esclavo, por el amor de Zeus, Hera y todos los dioses!-
-Baja la voz ¿quieres?- regañó Eonidas -No quiero que te oiga hablar así-
-A mi me da igual, Eonidas ¿Cuánto tiempo vamos a fingir que la oráculo no vino a vernos la noche en que nació? ¿Cuánto tiempo vamos a ignorar lo que nos dijo?- a Idice casi se le enlagrimaban los ojos
-Por favor... ¿Pero has visto a Lírida? ¿La has estudiado bien? ¿Crees de verdad que una chica tan dulce como nuestra hija traerá la perdición a Odyka? ¿Que destruirá Eteria? De eso se ocuparán los arisos, los belli o en el peor de los casos, un conflicto con amenithios- se encogió de hombros Eonidas
-Bellum y Amenthis tienen su propio gran conflicto- suspiró Idice -No pondrán sus ojos sobre nosotros más que para ganarse la lealtad del pueblo Odyka. Arisia es otro caso. Los estados de nuestro propio pueblo no se sostienen, no se soportan a sí mismos. Pero la oráculo no mencionó Arisia. Habló claramente de Lírida de Eteria. Y los años pasan, Eonidas. Se suceden las estaciones y la chica crece ¿Y quieres una muestra de cómo puede ser cierto? Tu hija ha superado de sobra la edad casadera, Eonidas. Siempre está con el esclavo, el único con el que parece llevarse bien. Ningún hombre en esta maldita ciudad quiere estar cerca de ella y no por falta de belleza- gruñó la mujer
-He visto a Lírida rechazar a hombres por no saber qué es Orión- rió el esposo -Quizá es culpa mía y no suya, mujer, que sea tan exigente. No le gustan los hombres estúpidos, ni gandules. Eso está claro ¿Y sabes qué? Me alegro de ello- Eonidas se terminó la manzana -Hazme un favor, cálmate, deja de pensar de pensar mal de tu hija, como si fuese un monstruo. Porque es tu hija, Idice. Y no porque tengas 10 hijos más va a dejar de serlo. Siempre tendrá tu sonrisa- Eonidas besó la frente de la mujer y decidió que era un buen momento para dejarla reflexionar, de manera que salió al exterior al encuentro de su hija y Teseo.

Allí estaban, como hacía un rato. Sentados en un pequeño banco tan blanco como el resto de la vivienda, como el resto de Eteria. El hombre aspiró el aire puro y con cierto aroma a salado que traía el mar hasta su hogar aunque estuviese algo alejado. En el horizonte podía ver la entrada al puerto de Eteria custodiado por dos gigantescas estatuas labradas en las montañas con la forma de dos soldados eterienses guardando a la ciudad con sus amenazantes e insondables lanzas -¿Otra vez discutiendo con mamá?- preguntó Lírida de pronto, sacando a Eonidas de su ensimismamiento
-¿Discutir? ¿Pero qué dices, niña?- sonrió el hombre
-Se os oía desde aquí- la chica parecía preocupada
-No tienes nada que temer. Era solo una conversación-
-¿Y de qué hablabais?- se cruzó de brazos la joven
-De nada en particular- sonrió simplemente el padre -¿Y vosotros dos qué tramáis?-
-No podría tramar nada, kyrios- dijo apresurado Teseo bajando la cabeza -Sólo conversaba con la señorita Lírida-
-Como de costumbre- se quejó la chica encogiéndose de hombros -¿Cuándo vas a perder ese miedo a mi padre, Teseo?-
-Nunca- dijo el joven esclavo -Es mi amo, como tú eres mi ama. Os debo resepto y lealtad, a toda la familia. Si en algún momento a mi amo le molesta mi presencia, o que tenga momentos de solaz contigo, señorita Lírida, lo respetaré-
-Bien dicho- aseguró Eonidas -No obstante, creo que ya ha quedado claro en estos años que no me molesta que mi hija te trate como un amigo. Bueno, incluso añadiría que me agrada en cierta manera-
-Siempre es un gusto saberlo, kyrios- concluyó el esclavo
-Cuídala siempre, Teseo. Es la mayor y mi única condición en esta... amistad vuestra-
-Sí, kyrios-
-Padre...- bufó la joven, robándole una cálida sonrisa a su padre que no tardaría en desvanecerse. Un caballo llegaba por el sendero con un jinete sobre su lomo. Eonidas conocía bien a esa persona, ya desde la distancia pudo reconocerlo por su toga blanca y el amplio pañuelo rojo que llevaba al cuello que caía como una capa sobre un hombro y parte de la espalda
-Acabo de acordarme...- musitó el hombre -Lírida ¿Recuerdas que hace unos días te hablé sobre Angelos?-
-Sí... ¿El mercader?- asintió la muchacha
-Exacto ¿Te apetecería ir a puerto y preguntarle si han llegado ya las semillas que le pedí?- dijo el hombre con amabilidad, a lo que Lírida asintió -Muchas gracias, hija. Teseo, ve con ella, por supuesto-
-Sí, kyrios. Sin falta- la chica se levantó y junto al muchacho, comenzaron a recorrer camino rumbo al puerto de la ciudad. Momentos más tarde, el jinete llegaba a la puerta de la casa.

El hombre descabalgó con total soltura y caminó con descaro hacia Eonidas, el cual le esperaba con las manos cruzadas tras la espalda. Ambos se sostenían la mirada con vehemencia -Que los dioses te asistan en este día tan hermoso, Eonidas- rompió el hielo el recién llegado -Veo que pase lo que pase, tu casa siempre está hermosa y brillante a la luz del día por muchas tormentas que azoten nuestras islas-
-Buen día a ti también, Orkos- sonrió falsamente Eonidas -¿Qué te trae por aquí nuevamente?-
-Podría andarme con rondeos pero... ¡Qué demonios!- Orkos era alto. Le sacaba una cabeza a Eonidas y algo más joven también -Se acercan los Divinos Juegos, Eonidas, supongo que lo sabes-
-Tan bien como que anoche fue luna llena- asintió -Si venías a anunciarlo, no era necesario-
-Vengo a invitarte- avanzó Orkos con mirada maliciosa y sonrisa felina -Eso es, Eonidas. Tú y tu familia seréis invitados oficiales en mi nombre a contemplar en primera fila los grandiosos Divinos Juegos en honor a Zeus-
-Me temo que tengo que declinar tu oferta, aunque es tentadora- se mantuvo firme Eonidas
-Vaya, esperaba al menos un "gracias, Orkos", pero veo que hoy tus modales están algo entumecidos, quizá por las pasadas tormentas- se burló
-Tal vez, sí. Es posible, desde luego- concluyó el hombre sin más ánimos de dialogar con Orkos
-Supongo que vas a volver a negarte a participar ¿eh?- reveló por fin el recién llegado -Te lo he dicho decenas de veces. Es una oportunidad única, Eonidas. Para ti y tu familia. La forma de llegar alto en la cadena política de Odykas-
-Yo no quiero ser político, Orkos. Soy astrónomo. El infinito celestial es mi pasión y mi vida-
-El infinito celestial...- Orkos escupió en el suelo -¿Se puede saber qué te hace pensar que hay infinidad ahí arriba?-
-La insondabilidad de la bóveda celeste, al igual que la voluntad de los dioses, es incomprensible por nuestras capacidades humanas. Ergo, si no la comprendemos, lo hace infinito, pues nunca conoceremos en los días venideros sus límites o confines. Confío en que algún día podamos, sin embargo-
-Sandeces, sandeces y más sandeces viejo amigo. No quiero filosofar aquí contigo sobre el cosmos. Quiero que alguien como tú, tan brillante, formes parte de un plan mayor, maldición-
-Me temo que he de rehusar nuevamente tu petición, viejo amigo. Si no hay más que hablar...- fue a darse la vuelta para dar por sentada la conversación, pero Orkos le tomó del brazo
-Espera, Eonidas- exhaló aire muy despacio -Al menos acepta la invitación a los Divinos Juegos. Todas las casas célebres de Eteria tienen colegas a los que invitar. Yo quiero que vengas tú. Puedes darte a conocer. Habrá pensadores y hombres de ciencia de todos los estados. Es una grandísima oportunidad para ampliar tus horizontes- aquellas palabras hicieron mejor mella en el ánimo de Eonidas
-¿De todos los estados, dices?-
-Incluso de Arisia, sí-
-¿Pensadores arisos?- casi soltó una carcajada -¿Esa panda de brutos tienen filósofos?-
-Te sorprenderá el descubrir cómo sus puños de piedra son capaces de abrir caminos impredecibles en el mundo de las ideas- rió Orkos, tentando a Eonidas
-¿De cuánto tiempo estamos hablando?- enarcó una ceja el hombre
-Tres días aproximadamente-
-¿Y si quisiera volver antes?-
-No sé por qué razón harías eso pero a fin de cuentas no eres participante ni promotor, por lo que obviamente puedes volver cuando quieras. Como si quieres volver el mismo día que llegues- se encogió de hombros Orkos -Te lo ofrezco de buena voluntad Eonidas. Es por tu bien, para que encuentres nuevos hilos, nuevos lazos entre colegas-
-...Está bien, te acompañaré- asintió finalmente -Con la condición de que no vuelvas a invitarme a esos asuntos tuyos- le señaló con el dedo y Orkos asintió
-Está bien. Te aseguro que no volveré a invitarte-
-De acuerdo. Entonces si no hay más que hablar...-
-Nada más. Siempre es un placer verte, Eonidas. Nos vemos pronto para los Divinos Juegos- montó en su caballo de nuevo y se puso en marcha de nuevo, vuelta por la senda que le trajo al hogar de Eonidas -Demente obstinado...- musitó para sí mismo dejando atrás al hombre que una vez consideraba amigo.

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